Volver no es Regresar
JE
La pregunta más difícil que enfrentamos como migrantes no es si podemos quedarnos en este país.
Es si queremos volver.
Porque hay dos verdades y ambas duelen.
Hay quien dice "me regresaría mañana mismo".
El que nunca dejó de contar los días, el que sigue llamando "mi país" a este lugar, aunque lleve diez años viviendo afuera. El que cierra los ojos y todavía camina las calles de su barrio sin perderse.
Para él, construir una vida aquí siempre fue algo temporal, una forma de sobrevivir, pero nunca de arraigarse del todo, porque siempre supo que en algún momento iba a regresar. Y ese deseo es legítimo y hermoso.
Pero también está el otro, el que dice "yo ya no podría volver".
Porque volver no es regresar al lugar que dejaste: tu casa ya no es tuya, tu barrio cambió, tus amigos siguieron sin ti, de pronto la familia que esperabas encontrar ya no está completa, o se siente diferente.
Pero tú tampoco eres el mismo. Migrar te partió en dos, te rehízo.
Aprendiste otro idioma, otra forma de moverte, y creaste otra versión de ti que tu país de origen no reconocería del todo. Entonces regresar puede sentirse como traicionarte a ti mismo, como borrar los años de lucha por convertirte en alguien más fuerte, pero también más extranjero.
Y está bien, ambas realidades son válidas.
Ambas nacen del mismo dolor: haber tenido que elegir entre la tierra que te vio nacer y la vida que lograste construir.
Algunos volverán, otros se quedarán, y ninguno tiene que justificarlo.
Al final de cuentas, el verdadero hogar de un inmigrante no está en un mapa. Está en la paz que logres hacer con la decisión que tomes, y esa paz, donde sea que la encuentres, es solo tuya.
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